Claire Becker

Entre líneas y bajo la mesa puesta por Claire Becker
Un ensayo de Bersange,
exposición La mesa puesta, Diciembre 2003.


Su belleza es extraña, su extrañeza sensual, su sensualidad exuberante a pesar de la sobriedad de sus líneas – las de las curvas de sus torsos o las del futuro en sus manos. Hay atrevimiento en el sufrimiento como en el goce que comparte sin resentimiento con quien deja caer sobre ella una mirada desprovista de orgullo.
“Ella” es tanto la mujer que retrata la artista como la obra misma que la descompone y la recompone a su manera de afirmar lo hecho en los caminos todavía abiertos de la vida que llevan finalmente a “la felicidad absoluta”.

Hecho está el daño infligido por cualquier forma de falta de amor que lleva al abuso. Aunque no se habla de él excepto cuando, en forma extrema, conduce las víctimas a transformarse en perpetradores de crímenes reprehensibles por la ley, sigue siendo transmitido de generación en generación tanto por las mujeres que por los hombres, en un círculo vicioso del cual es muy difícil salir. Aun en sus formas más sutiles, el abuso provoca heridas, físicas a veces, pero más insidiosamente emocionales, y también espirituales, que se ocultan en lo más profundo e íntimo, en lo reprimido y callado.

En la obra de Claire Becker, “La herida” llega a la superficie del bronce, del yeso o de la porcelana y, dejando visible ahí su marca, deja de ser clandestina y culpabilizante para volverse espejo de nuestra vulnerabilidad. La pieza así titulada es una especie de tríptico: Tres versiones del mismo rostro impasible que conllevan el sufrimiento en todos los niveles del ser con una carga casi religiosa de resignación, sin glorificarse de martirio porque se trata de lo cotidiano. Así como los rostros de ojos cerrados esconden el sufrimiento, o se resignan a él, lo que los cerca lo revela. Una línea de interruptores incrustados en el cráneo de una de las cabezas vincula la idea de una corona de espinas con la idea de robotización o — si pensamos en el control remoto puesto en la plataforma en la cual se termina la cabeza —, con el automatismo del pensamiento y la despersonalización de la voluntad que determina la acción. Ni las distorsiones (¿física y mental de la realidad?) ni las llagas abiertas, como en uno de los cráneos un sexo femenino suturado (reflejo íntimo de otro abierto, colgando en collar) perturban la belleza aparentemente inexpresiva de los rostros. Ésta no es más que una envoltura que deja entrever una intensidad interior que parece replegarse sobre sí misma, encerrarse, olvidarse.

El hecho de que “la herida” está representada por cabezas solas — sin cuerpos ni manos para actuar o protegerse —, acentúa la impotencia y la desnudez, y refuerza la idea de que la herida más perdurable, incluso quizás indeleble, está en la cabeza y ahí puede seguir existiendo de manera independiente a la realidad. (De hecho, es interesante observar que en su mayoría las esculturas de Claire Becker representan ya sea cabezas sin cuerpos, ya cuerpos o elementos corporales sin cabezas).

Desde que fueron destruidos sus templos, las diosas llegaron a no ser más que un instrumento de placer y de comodidad para el hombre, un alimento para su ego. La feminidad es hoy en día una mercancía o golosina, motivo para constantes negociaciones de ganancias inciertas que se comparten hombres y mujeres, desde la infancia hasta el cansancio de los sentidos. Basta leer una revista o caminar entre anuncios para darse cuenta. Sobre las “mesas puestas”, esculturas-instalaciones de diversos materiales, lo que queda de la mujer-objeto cuando se ha caído el barniz del glamour de la seducción está en oferta con un tanto de complicidad hacia el espectador, como delicadeza (una acumulación de galletas — que son vulvas de porcelana blanca —desbordando de una cama de muñeca) o como ofrenda (trozos de espaldas reunidos en una hibridación de carne-fruta sobre una piedra de sacrificio, en el frío brillo metálico de una mesa de carnicero). Puerta entreabierta por la artista sobre el cotidiano anodino, la intimidad doméstica y familiar que perpetúan de manera sutil e insidiosa la degradación del ser femenino a favor aparente del ser masculino.

Pero la obra no tiene como finalidad retratar a la mujer como un ser desvalido y abusado. En su instalación “Trinidad”, la artista nos sumerge en la oscuridad total donde flotan tres esferas luminescentes girando lentamente sobre sí mismas como si fueran planetas suspendidos en el tiempo y el espacio. Al descubrir los detalles hiperrealistas de un pezón y un ombligo, nos damos cuenta que una de ellas resulta ser un seno, y la más grande un vientre. Es una manera a la vez sutil y provocadora de recordarnos que la perfección latente, el potencial infinito — contenido en la esfera más pequeña (o de una dimensión no material) y perfectamente lisa — necesita de un cuerpo para existir de manera determinada en el mundo físico, y esto es posible solamente por medio del cuerpo femenino, que toma aquí una dimensión cósmica y divina, mismo que la sexualidad.

Cuando por fin reabre el templo, es un templo interior, donde bailan los “cuerpos emocionales”, abstracciones fluidas del cuerpo femenino de un erotismo límpido y blancura inmaculada; cuerpos a la vez esbozados y llenos, moviéndose con plenitud en un espacio interior. Esta plenitud, que se derrama de sus curvas generosas, rebasa también los criterios físicos del juicio externo (los cánones de la belleza no aplican aquí), porque la relación del cuerpo al espacio no es física, ya que éste — el cuerpo —, evoluciona en un plano alterno en donde las formas reflejan las fluctuaciones de la energía en constante armonía con la esencia cambiante de las emociones. Sin embargo, su realidad nos confronta en nuestro propio espacio tridimensional como un desafío a nuestras limitaciones, nuestros sufrimientos y deseos, pero también como una invitación. Finalmente la mujer, después de todo, asume la responsabilidad del goce y de la creatividad en su vida, algo que nadie ni nada les puede quitar, ya que no son “de nadie más que de Dios”.

La solución que la artista propone a la problemática de la condición femenina minada por una sociedad crítica y codiciosa no corresponde a la nueva imagen de mujeres-amazonas que desde hace algún tiempo llena los programas de televisión. Ni princesas-guerreras, ni súper espías, ni poderosas brujas, quienes a fin de cuenta solamente pervierten las expectativas, siendo una vez más para la gran mayoría algo admirable pero inaccesible que — una vez más—, incita a esconder y reprimir las debilidades de uno. Después de exponer sin pudor ni hipocresía los destrozos causados por todo tipo de abusos, la obra de Claire Becker sugiere que sólo se puede romper el círculo vicioso y alcanzar la verdadera felicidad en el reconocimiento de que ningún ser pertenece a otro, ni tiene derecho sobre otro, o como bien dice uno de los cerditos de acrílico de color menta o cereza que parecen paletas en una dulcería: “Aunque soy muy rica, mi carne no te pertenece.” — Porque también hay humor y poesía en la intensidad de lo dicho, en el silencio de las formas, el aterciopelado de la luminiscencia, el acidulado de la trans-lucidez.